18 jun 2015

Locura 6: Bicicletas y Lekker

Locura 6: Bicicletas y Lekker


Hasta hace unas semanas, yo me había creído siempre una pro de la bicicleta. No en las acrobacias ni en la velocidad, sino que prácticamente me sentía tan confiada en mi "todoterrenibilidad" que era como si pudiese montar igual de bien que correr. Me sentía muy orgullosa de ello y aunque no montaba muy a menudo, cuando lo hacía siempre era igual de cómodo.
Bien, pues retiro todo lo pensado y dicho.
En este mundo, Holanda es prácticamente la capital internacional de las bicicletas y uno realmente no se da cuenta de lo que es una bicicleta de verdad hasta que la monta y está apunto de comerse el suelo media docena de veces.
Montar en bici por allí es más común que andar, así que mi compañero de intercambio (muy buen chaval, por cierto) me dejó una bici para ir al cole. Yo estaba ilusionadísima porque allí todo es prácticamente plano porque no hay montañas, y donde yo vivo es casi una cordillera, por lo que la idea de ir sin cuestas era un sueño hecho realidad. Me moría de ganas de estrenar mis habilidades en Holanda.
Hasta que ví la bici...
Esa máquina de guerra medía casi un metro y medio de alto y me llegaba por la cintura, no la cadera. La de mi guiri era igual, pero este tenía una técnica ancestral o algo que le permitía subirse y bajarse sin tocar el suelo. Era casi brujería.
Así que hasta que yo no le cogí el tranquillo, estuve a punto de matarme un millón de veces. Y vosotros pensareis "qué divertido". Pues no, porque mientras mi guiri se partía el culo viendo como me intentaba bajar de la bici sin tocar el suelo con los pies, yo estaba acojonada perdida haciendo movimientos estrambóticos.
Eso sí, cuando uno ya sabe más o menos la técnica, es la cosa más alucinante del mundo. 
Punto para Holanda.
Como dirían ellos "Lekker!" (o algo así)

18 ene 2015

Locura 5: Fiestas de Fin de Curso (Parte 2); Cocodrilos y Pelotas de Ping-Pong


Locura 5: Fiestas de Fin de Curso (Parte 2); Cocodrilos y Pelotas de Ping-Pong.


Recuerdo que en primero de primaria me tocó una de mis peores profesoras, la cuál diría que estaba un poco... ida. Ese año, al menos, nos dejaron escoger nuestros papeles en la función de teatro. Pero ese día yo no fui a clase porque me entró fiebre y repartieron los papeles sin mi. Al día siguiente cuando llegué mis compañeros me recibieron con alegría por haberme recuperado, pero cuando me contaron lo de el día anterior, me temí lo peor. Por supuesto me tocó el papel que nadie quería: el de cocodrilo. 

Mi madre volvió a tomarselo tan enserio que me hizo un traje de cocodrilo de 2 kilos igual que el del año pasado, pero este pesaba más porque era más complejo. Recuerdo que tenía una especie de casco que era la cabeza, por la que se veía mi cara en el interior de las fauces abiertas del cocodrilo. Los ojos del cocodrilo eran pelotas de ping-pong con dos puntos negros y las pestañas estaban recortadas de gomaespuma. La cosa más cutre que te puedas imaginar, pues eso.
 Lo peor no fué pasearme por el patio con ese disfraz, no. Lo peor ocurrió cuando estaba en la actuación. Salí por la parte de atrás del escenario a hacer mi aparición, pero no pude decir nada, pues mis amigos mayores de otros cursos se apiñaron y comenzaron a vitorearme nada más que me vieron salir. Cabe decir que algunos padres, mi madre incluida, se animaron y aplaudían. 
Yo obviamente casi sufro un colapso.
Cuando se aplacaron los ánimos, todo volvió a quedarse en silencio. 
Y, yo por supuesto, me puse más nerviosa. Tan nerviosa que se me olvidó la única frase que tenía en toda la obra. Así que tras unos segundos de incómodo silencio, solo dije:
-Se ma' olvidao'.
Y todos comenzaron a reirse, padres, alumnos y amigos. Mi compañero de clase y de actuación, que iba disfrazado de indio, se saltó mi linea y siguió con la obra, mientras yo salía de escena totalmente avergonzada.
A día de hoy, aún ponen el video, entre otros muchos, durante las comidas familiares.